Durante mucho tiempo nos hemos preparado para aprender a tocar instrumentos. Unas personas dominaban el violín o el piano; otras, la trompeta, la flauta o el saxofón; algunas encontraban su lugar en la percusión. Cada cual desarrollaba conocimientos y habilidades para hacer bien una determinada parte del trabajo.
Y entonces llegó la Inteligencia Artificial.
De repente tenemos a nuestra disposición una orquesta capaz de tocar muchos de esos instrumentos. Puede escribir, analizar, resumir, traducir, programar, organizar información, generar imágenes, ayudarnos a plantear estrategias y ofrecernos perspectivas que quizá no habíamos considerado.
Durante mucho tiempo la pregunta era: «¿qué instrumento aprender a tocar?». Hoy empieza a cobrar fuerza otra: «¿y si aprendemos también a dirigir la orquesta?»
Disponer de grandes músicos sirve de poco si nadie sabe qué obra quiere interpretar, qué ritmo necesita, qué instrumentos deben intervenir, cuándo hay que corregir una entrada o cuándo una propuesta sencillamente no encaja. Ahí sigue siendo fundamental el ser humano.
Dirigir la IA significa saber qué queremos conseguir, darle instrucciones claras, hacer buenas preguntas, aportar contexto, revisar lo que propone, detectar errores, combinar posibilidades y, sobre todo, mantener nuestro propio criterio. También significa poder decirle: «Esto que propones está bien, pero creo que existe otra posibilidad. Vamos a explorarla», y trabajar conjuntamente a partir de ahí.
La IA puede ampliar enormemente nuestras capacidades, pero el conocimiento humano sigue siendo necesario. Un buen director necesita entender la música lo suficiente para reconocer cuándo la orquesta está interpretando aquello que buscaba y cuándo algo desafina.
Quizá, por tanto, uno de nuestros grandes retos no sea competir con la Inteligencia Artificial, sino aprender a trabajar inteligentemente con ella. Podemos ahorrar tiempo, explorar alternativas en minutos, contrastar enfoques, automatizar determinadas tareas y acceder a herramientas que hace muy poco estaban fuera del alcance de muchas personas.
Renunciar a todo eso sería como decidir emplear todo un día en recorrer en un carruaje tirado por caballos un trayecto que hoy podemos hacer en coche en apenas dos horas, simplemente porque siempre lo habíamos hecho así. Podemos seguir valorando y comprendiendo lo anterior, pero tendría poco sentido renunciar a las posibilidades que nos ofrecen las nuevas herramientas.
La tecnología cambia los instrumentos disponibles y nosotros necesitamos aprender a utilizarlos. Hay algo, sin embargo, que merece permanecer firmemente en nuestras manos: la dirección.
Entre entregarle la batuta a la tecnología y resistirnos a incorporarla por desconfianza, incertidumbre o incluso temor a perder el control, existe un camino mucho más interesante: aprender a dirigirla, establecer límites, exigir responsabilidad, desarrollar regulaciones adecuadas y ponerla al servicio de finalidades humanas.
«La IA puede tocar cada vez más instrumentos; nuestra responsabilidad es decidir qué música queremos crear.»
Puede incluso ayudarnos a imaginar nuevas melodías. Pero somos nosotros quienes debemos seguir preguntándonos qué queremos construir con ellas, para qué y al servicio de quién.
Quizá ese sea uno de los grandes aprendizajes de nuestro tiempo: aprender a aprovechar una orquesta cada vez más extraordinaria sin entregar la batuta.
Consultor de clima laboral y calidad relacional | Ensayista especializado en comportamiento humano y convivencia | Creador del concepto Inteligencia Temperamental