Mi «yayo» y mi padre: La influencia de dos personas buenas y sensibles
Antes de los libros que he leído, de las personas que he conocido y de los referentes que, a lo largo de mi vida, han despertado y siguen despertando mi admiración, estuvieron ellos: mi yayo y mi padre.
Fui el primer hijo y también el primer nieto. Tuve la suerte de crecer rodeado por una familia que me brindó mucho amor. Mi madre, mis abuelas y mi abuelo Abelardo fueron también figuras esenciales en aquella infancia y ocupan un lugar propio y profundamente importante en mi historia. En esta ocasión, sin embargo, quiero detenerme en dos personas con las que siempre me sentí especialmente querido, protegido y a gusto: mi yayo y mi padre.
No fueron únicamente familiares importantes durante mi infancia. Compartían una manera de vivir marcada por la sensibilidad, la bondad, la honradez y el amor por nuestras raíces; unos valores que pasaron de uno a otro y que ambos me transmitieron. Muchas de las cosas que hoy forman parte de mí comenzaron a construirse a través de su presencia, sus comportamientos y la manera en que se relacionaban conmigo.
Los tres compartíamos, además, el mismo nombre: Rafael. Con el paso del tiempo he llegado a sentir ese nombre compartido como un pequeño hilo de continuidad entre mi yayo, mi padre y yo; una conexión familiar que va mucho más allá de una simple coincidencia.
Mi yayo: palabras que invitaban a pensar
Mi yayo poseía una manera muy especial de comunicarse. Utilizaba refranes, frases hechas y reflexiones profundas. No siempre ofrecía una respuesta directa; en muchas ocasiones dejaba caer una frase que permanecía contigo, te obligaba a darle vueltas y terminaba ayudándote a encontrar tu propia interpretación.
Tenía esa capacidad poco común de motivarte a pensar sin que pareciera estar impartiendo una lección. Sus palabras no procedían de discursos académicos, sino de la experiencia, la observación, la cultura popular y una inteligencia construida a lo largo de la vida.
Con el tiempo he comprendido que algunas personas enseñan precisamente así:
No imponiendo respuestas, sino sembrando preguntas.
Quizá una parte de mi interés actual por interpretar los comportamientos, relacionar ideas y buscar explicaciones profundas proceda de aquellas conversaciones.
Era una persona tranquila. Le gustaba recitar versos y cantar canciones populares en valenciano que había aprendido de pequeño. Era modelista y trabajó para Renfe. En él convivían una sensibilidad artística y reflexiva con un fuerte sentido de la justicia. Le indignaban profundamente las injusticias y defendía sus convicciones desde la humildad, el compromiso y la coherencia.
Ese compromiso le ocasionó algún disgusto durante la dictadura en España, una época en la que manifestar determinadas convicciones podía acarrear consecuencias. No necesitó ocupar un cargo importante ni alcanzar reconocimiento público para enseñarme algo esencial: la bondad no consiste únicamente en tratar bien a quienes tenemos cerca; también puede expresarse en la capacidad de no permanecer indiferentes ante lo injusto.
Una manera profundamente valenciana de sentir la vida
Mi yayo era muy valenciano. Amaba las costumbres, las tradiciones y todo aquello que formaba parte de la identidad valenciana. Esa manera de sentir la tierra, la cultura y las celebraciones pasó a su hijo, mi padre, y de él llegó hasta mí.
No fue algo que necesitaran explicarme con palabras. Se produjo a través de los hábitos, las emociones compartidas y los pequeños rituales familiares: el amor por nuestra ciudad, las costumbres valencianas, la admiración por las Fallas, el cariño por actos tan arraigados como el Trasllat de la Mare de Déu dels Desemparats —y por ese sentimiento colectivo de bondad y cercanía que despierta entre tantas personas— y, por supuesto, la pasión por el Valencia CF.
Mi yayo y mi padre vivían los partidos con una intensidad enorme. Cuando el equipo perdía, no eran pocas las veces que, del disgusto, ni siquiera cenaban.
Hoy puedo sonreír al recordarlo, pero detrás de aquella reacción había algo que iba mucho más allá del fútbol. El Valencia representaba pertenencia, identidad, familia y recuerdos compartidos. También heredé ese sentimiento. Cuando sigo al Valencia CF no estoy viviendo únicamente un acontecimiento deportivo: estoy conectado con ellos, con nuestra historia familiar y con una emoción transmitida de una generación a otra.
Mi padre: sensibilidad y vida tranquila
Mi padre era una persona sensible. Le gustaba la tranquilidad y prefería una vida sin demasiados ajetreos sociales ni grandes bullicios. Disfrutaba de la jardinería, de leer los periódicos y de esos momentos cotidianos que algunas personas pueden considerar pequeños, pero que contienen una enorme riqueza.
No necesitaba llenar constantemente el tiempo ni buscar estímulos continuos. Sabía apreciar la serenidad, el cuidado de las plantas, la lectura y el espacio familiar. Creo que también me transmitió parte de esa necesidad de calma y de esa sensibilidad ante el entorno.
Con su forma de vivir me enseñó que una existencia valiosa no tiene por qué ser ruidosa ni estar permanentemente expuesta.
«La tranquilidad también puede ser una forma de plenitud».
Vender desde el corazón
Mi padre fue un gran comercial. Cerró operaciones importantes y sabía relacionarse con las personas. Sin embargo, lo que más valoro de su manera de trabajar no es únicamente que consiguiera buenas ventas, sino que lo hacía desde la honestidad.
Me enseñó que vender no significa engañar, presionar o intentar ser más listo que quien tienes delante. Se puede escuchar a la clientela, comprender sus necesidades, presentar una propuesta con sinceridad y construir relaciones basadas en la confianza. Se puede tener ambición profesional sin perder la honradez: se puede vender desde el corazón.
Yo seguí esa tradición. También he dedicado buena parte de mi vida profesional a relacionarme con personas, presentar ideas y ofrecer servicios, y he intentado hacerlo desde el mismo principio: sin picardías, sin manipulaciones y sin prometer aquello que no se puede cumplir.
La venta, cuando se realiza con honestidad, no consiste en convencer a cualquier precio. Consiste en encontrar un acuerdo en el que todas las partes sientan que han sido respetadas. Esa manera de entender el trabajo también forma parte de la herencia que recibí de mi padre.
Ser buena persona sin buscar el conflicto
Tanto mi yayo como mi padre me impulsaron a ser buena persona, a mantener la mente abierta y a no buscar conflictos innecesarios. Me enseñaron a relacionarme desde el respeto, la honradez y la serenidad, sin renunciar por ello a mis valores ni a mi manera de comprender la vida.
Todo ello me llevó a comprender que ser una persona pacífica y dialogante no significa evitar cualquier discrepancia ni permanecer en silencio ante aquello que considero injusto. Mi yayo, de hecho, fue una persona muy comprometida que defendía con firmeza sus convicciones. De ambos aprendí que se puede mantener una posición sin humillar, relacionarse sin aprovecharse y avanzar por la vida sin convertir cada diferencia en un enfrentamiento.
«Ser una persona pacífica no significa carecer de criterio. Ser sensible no significa ser débil. Ser honrado no significa ser ingenuo. Y tener la mente abierta no significa renunciar a los propios valores».
Estas ideas han influido en mi manera de comprender las relaciones y también en el desarrollo de la Inteligencia Temperamental. Detrás de muchos comportamientos existen formas diferentes de sentir, reaccionar, protegerse y buscar seguridad. Comprenderlas puede ayudarnos a reducir los juicios precipitados, pero también a responsabilizarnos de la manera en que tratamos a las demás personas.
Mi primer gran revés
La muerte de mi yayo fue repentina. Yo tenía trece años y fue mi primer revés importante en la vida.
Hasta entonces había disfrutado de una infancia llena de afecto, seguridad y presencia familiar. Justo al comienzo de mi adolescencia tuve que enfrentarme a una ausencia que no comprendía y para la que no estaba preparado.
Todavía lo echo de menos: en sus frases, en su serenidad, en su forma de mirar la vida y en todas las conversaciones que ya no pudimos tener. Cuando una persona muere, no desaparece únicamente su presencia física. También se interrumpe todo aquello que todavía queríamos preguntarle, compartir o aprender a su lado. Sin embargo, algunas personas encuentran una manera de permanecer.
Mi yayo continúa presente en determinados valores, en mi amor por Valencia, en el deseo de buscar sentido detrás de las palabras y en esa inclinación a formular reflexiones que inviten a otras personas a pensar.
«Quizá las huellas más profundas sean aquellas que continúan actuando dentro de nosotros, aunque no siempre seamos conscientes de su origen».
Uña y carne
Con mi padre fui uña y carne. Compartimos muchas experiencias bonitas y también atravesamos situaciones muy duras. Nos acompañamos en momentos de alegría, preocupación, pérdida, esfuerzo y esperanza.
Nos conocíamos profundamente. A veces no necesitábamos hablar para saber lo que estaba sintiendo el otro; bastaba una mirada, un gesto o un silencio.
Esa capacidad de entenderse sin palabras no aparece de un día para otro. Se construye mediante años de convivencia, confianza, cuidado y conocimiento mutuo. No significa que siempre pensáramos igual ni que nuestra relación estuviera libre de dificultades. Significa que existía un vínculo suficientemente profundo como para reconocer lo que ocurría en el interior de la otra persona, incluso cuando no encontraba la manera de expresarlo.
Esa experiencia también me enseñó mucho sobre la sensibilidad y las relaciones humanas. Hay personas que expresan todo lo que sienten con facilidad. Otras necesitan tiempo, confianza o silencio. Algunas se comunican mediante las palabras; otras lo hacen a través de la presencia, los cuidados cotidianos o pequeños gestos que únicamente comprenden quienes las conocen bien.
Mi padre y yo desarrollamos ese lenguaje compartido.
Lo que sigue viviendo en mí
Cuando pienso en mi yayo y en mi padre, no quiero quedarme únicamente en la tristeza de su ausencia. Quiero reconocer todo lo que continúa vivo en mí gracias a ellos: la importancia de reflexionar antes de aceptar una explicación superficial, la sensibilidad ante las injusticias, el amor por Valencia y sus tradiciones, la pasión por el Valencia CF, el cariño por ese sentimiento colectivo de bondad y cercanía que la Mare de Déu dels Desemparats despierta entre tantas personas y la admiración por las Fallas, entre muchas otras cosas.
También permanecen la necesidad de momentos de tranquilidad, el gusto por la lectura y la información, el respeto por las personas, la voluntad de relacionarme profesionalmente desde la honestidad y el deseo de ser una buena persona sin buscar enfrentamientos innecesarios.
Y, sobre todo, permanece la experiencia de haber crecido sintiéndome profundamente querido.
No todas las personas tienen la suerte de vivir una infancia así. Yo la tuve, y soy consciente de que aquel amor creó una base emocional que me ha acompañado durante toda la vida.
Las buenas influencias no nos hacen perfectos. Tampoco impiden que atravesemos dificultades, cometamos errores o tengamos que aprender por nosotros mismos. Pero nos proporcionan raíces, nos ofrecen ejemplos y nos enseñan maneras de actuar. Dejan en nuestro interior una referencia a la que podemos regresar cuando necesitamos recordar quiénes somos y qué clase de persona queremos llegar a ser.
Mi yayo y mi padre fueron dos personas buenas y sensibles. Dos personas que me quisieron y que me ayudaron a comprender que la humildad, la honradez, la serenidad, la complicidad y el compromiso no necesitan grandes exhibiciones.
A veces se transmiten a través de una frase, una conversación, una mirada, una tarde tranquila, al comentar juntos un partido de fútbol o al compartir una tradición familiar.
«Ellos fueron mis primeras grandes influencias positivas. Y sus huellas permanecen».
Déjame hacerte una pregunta: ¿Qué parte de las personas que te quisieron continúa viviendo hoy en tu manera de ser?