Rafa Peiró
DIrector de "Talentos en Equipo". Mentor y Formador. Certificado como Coach de Neurociencia.
🚀 IMPULSANDO EL BIENESTAR LABORAL A TRAVÉS DE LA INTELIGENCIA TEMPERAMENTAL 📚Autor de los libros "Inteligencia Temperamental" y "Reflexionar es Avanzar"
Desde que en 1995, en su libro Toxic People, la psicóloga estadounidense Lillian Glass etiquetó a esas personas que son «especialistas” en generar interacciones negativas y perjudiciales con el nombre de “gente tóxica”, son innumerables las veces que se ha hecho alusión a dicho término en múltiples ámbitos.
Se habla de padres tóxicos, parejas tóxicas, amigos tóxicos, compañeros de trabajo tóxicos, aunque lo que creo que se lleva el primer puesto en el “Top Ten” son los jefes tóxicos.
Está claro que existen una serie de comportamientos muy mejorables que son llevados a la práctica por personas de todo tipo, de todas las edades y en todas las profesiones, aunque lo que yo quiero plantear es una visión diferente:
¿Y si esos comportamientos se dan porque nadie les ha enseñado nunca a “hacerlo bien”?
Por desgracia, es demasiado habitual en la vida que responsabilidades tan grandes como ser padres o estar al frente de una organización, se lleven a término “a salto de mata”, con muchas dosis de improvisación, con muchas creencias heredadas que dejan mucho que desear y, en numerosos casos, con muy poca formación que ayude a desempeñar de forma acertada unas habilidades que van a repercutir directamente en la gente que les rodea.
Tomar conciencia: el punto de partida imprescindible
Para buscar soluciones, es imprescindible que primero esa persona reconozca el impacto de su conducta.
Si no se «da cuenta» de todo ello, sin la toma de conciencia, difícilmente sentirá la necesidad de cambiar.
Algunas estrategias para facilitar ese “despertar” son:
Feedback sincero y seguro: reuniones one‑to‑one donde se planteen ejemplos concretos de interacciones dañinas.
Autoobservación guiada: invitaciones a registrar reacciones propias durante una semana y reflexionar sobre su efecto en los demás.
Encuestas 360°: herramientas estructuradas en las que compañeros, colaboradores o familiares aportan valoraciones anónimas.
Soluciones prácticas para “hacerlo bien”
Formación específica
Programas de liderazgo basados en inteligencia emocional y temperamental.
Talleres de crianza consciente y comunicación no violenta.
Seminarios de gestión de conflictos para equipos de trabajo.
Acompañamiento experto
Mentoring o coaching para directivos y mandos intermedios.
Grupos de apoyo y supervisión para familias y cuidadores.
Asesoramiento psicológico cuando las dinámicas estén muy enquistadas.
Autoconocimiento y reflexión
Test de estilos temperamentales para entender fortalezas y puntos ciegos.
Prácticas de mindfulness o journaling para tomar perspectiva antes de reaccionar.
Feedback 360° en la empresa para recibir opiniones honestas de colegas.
Cultura de aprendizaje continuo
Integrar la formación en el día a día: microlearning, píldoras de vídeo, podcasts.
Fomentar el “aprendizaje entre pares” para compartir experiencias y soluciones.
Reconocer públicamente los avances en habilidades blandas.
La inteligencia temperamental como recurso
Mi enfoque para acabar con esos comportamientos tóxicos, que dificultan enormemente que las interrelaciones humanas sean saludables y satisfactorias, es la inteligencia temperamental, que considera las características innatas de cada individuo (nivel de energía, ritmo de adaptación, tolerancia al cambio…) para ajustar estrategias de comunicación y motivación. De este modo, se diseñan intervenciones más precisas, reduciendo fricciones y potenciando la colaboración tanto en el ámbito profesional como familiar.
Finalizo con un párrafo para la reflexión:
Etiquetar como “tóxica” a una persona es fácil; lo difícil es conseguir que abra la mente a nuevas formas de relacionarse, optando por formación de calidad, mediante programas de capacitación con base científica y buscando el apoyo de expertos, como lo son psicólogos especializados, coaches y/o mentores acreditados. Es una gran inversión con un formidable retorno.
Porque las relaciones saludables no aparecen por «arte de birlibirloque», sino que son fruto de la toma de conciencia, del aprendizaje de competencias adecuadas y, por supuesto, de llevarlas a la práctica.